Aquella mañana de otoño el sol era más radiante, el cielo estaba igual de azul que cuando nací. Es que hiciste verano de la nada, coronaste un bello abril de hojas tremendas, escritas y releídas en noches de verano, estrelladas y nubosas, lloradas y alegres, apuradas y atemporales. El metro corría desde hace horas, yo sentado en una estación antigua no me daba cuenta de los sueños de los demás, estaba inmerso en el que ahora se estaba cumpliendo. No hay más sueño más dulce que el que se hace realidad. La cordillera blanca me miraba envidiosa por que siempre quiso ser mar, el mar alejado escuchaba detrás de las montañas mi risa poquita. Recordaba la ternura y sonreía. La muralla con la que choqué al entrar al metro de trabajadores cansados no me hacía más que reír más, así me alejaba de la realidad q años después seguro me alcanzaría. Por un segundo no me importó la eternidad.
lunes, 2 de julio de 2007
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