lunes, 30 de abril de 2007

Todo vuelve...




No tiene mucho sentido, pero fue más o menos así.


Era una Guerra de Zapatos como cualquier otra de las tantas que habíamos realizado. Una mitad del grupo contra la otra. El espectáculo siempre era, más allá de lo regular del juego, todo un despliegue de estrategia y pirotecnia; cientos de zapatos, de todos los tamaños, formas y colores, yendo de un lado al otro y deshaciendo su ingravido camino, una y otra vez. Más de alguno tuvo el infortunio de no volver a ser hayado, dejando a su compañero en manos de un dueño desolado y cojo. Otros, estaban destinados a ser consignados como arma mortal cuando, ignorantes del objetivo real del juego, los niños y niñas acometían sin piedad contra sus rivales, acertando un contundente bototazo en la cabeza de algún inocente del equipo contrario... son los riesgos, pensaba yo.

De pronto, te ví. Vestías de blanco, cercana a la transparecia, como una nifa, al borde de la desnudez. Te reías de la escena, como niña recién llegada. Te sacaste unas zapatillas ínfimas y las lanzaste, uniéndote al juego que, para tu hermosa delicadeza, resultaba burdo y amenazante. Yo sólo miraba, en mi calidad de juez del evento, como tomabas un zapato aquí, una zapatilla acá y prolongabas el viaje del calzado por el espacio, mientras te reías.

Tu pelo se deslizaba por entre los competidores y, como una hábil serpiente, eludía el contacto con ellos, pero seguías jugando y riendo, animosa y clara. Tus pies, ahora decalzos, parecían tan solo rozar el pasto de aquel lugar y cuando lanzabas algún zapato, éste se movía por los aires a una velocidad notablemente menor a la de los demás, como si algo de tu ligereza se fuera con él.

Estabas tan alegre, tan lejos de todo y de todos, que no advertiste el proyectil negro con suela amarilla que raudo y letal, se aproximaba haciendo blanco sobre tí. Como un rayo, salte por entre los participantes, esquivando gente y zapatos. Cuando llegué frente a tí, te enderezaste con una zapatilla vieja y hedionda en la mano y me miraste, con tus enormes ojos brillantes, sonreíste displicente y me dijiste: "ésto, es sólo un momento..."

El dolor de cabeza era de muerte, cuando a las dos horas, desperté en la enfermería. Aún tenía la marca del bototo tatuada en mi sien derecha. Un par de ibuprofenos que me pasó el Pelao (el hombre del botiquín que, a todo esto, todo lo solucionaba con ibuprofeno, como si esas pastillas fueran herederas de algún brebaje druida para la sanación), aliviaron un poco mi cefálica agonía. Entre risas y retos, todos hicieron un festín de mi infortunio durante varias horas. Pregunté por tí, pero nadie supo responderme. "Esos, son los efectos del zapato-trauma que sufriste", "ahora si que se nos chaló, anda viendo hadas". La burla está a flor de piel, así como el chaqueteo, el descrédito y el prejuicio; la soporte dignamente, puesto que igual hace reir y reirse de uno mismo también es saludable, a veces...

Tuvimos una gran velada esa noche con el Clan. Cantamos, contamos chistes, tomamos mate y comimos, alrrededor de un gran fuego y disfrutamos lo suficiente como para que todos estuvieran bastante cansados. Los últimos en acostarse como siempre, fuimos el Lino y yo (ya recuperado de mi accidente). Las brasas producían un calor tan agradable que las carpas (dispuestas en círculo, como debe ser) estaban en la temperatura ideal para acostarse, a pesar de estar razonablemente alejadas del fogón. Eran las 4 de la madrugada y la luna caía, exacta, entre los cerros y los árboles, para iluminar mi retirada.

Sentí algo así como un golpe en la puerta de la carpa; más que un golpe, fue un roce, como si algo pasara por el frente. Me incorporé somnoliento y abrí el cierre de mi canadiense, sintiendo como la bruma de una mañana otoñalmente fría, se colaba por las aberturas. Sacudí el sueño de mis ojos y miré asombrado, como el cuerpo de un enorme ciervo, reposaba displicente justamente frente a la puerta de mi carpa. Lentamente, me asomé por sobre el cuerpo del animal y pude ver como en cada una de las carpas que formaban el campamento de la ruta, yacían de igual manera uno o dos de aquellos venados. Algunas, eran madres con pequeños cervatillos; otros, eran machos de gran cornamenta, pero todos descanzaban, emulando nuestra distribución y disfrutaban del calor de aquella moribunda fogata que tanta algarabía calentara sólo unas horas atrás.

Los miré en silencio, por varios minutos, dominado por la visión de una mañana cargada de niebla y de gamos. Ya más despierto, pensé en despertar al alguien para que compartir aquella imagen. Bastó con que se me ocurriera. Te levantaste con la misma fragilidad que lucías en la tarde, prístina, intangible. Y cual pastora de aquel extraño rebaño, comenzaste a indicar a los ciervos, el camino de salida de nuestro cálido asentamiento. Quise decirle a alguien, no se si por los animales, no se si por tí. Bastó, nuevamente, con que se me pasara por la mente. Me miraste, luminosa, a través de la niebla y llevaste un dedo a tus labios... "shhhhhiii...", "ésto, es sólo un momento..."

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